Taller de Visores de Ruralidad Aumentada con Grigri Projects. 5-8 agosto

En el marco del kit de herramientas agropolitanas: 

TALLER DE FABRICACIÓN DE VISORES DE RURALIDAD AUMENTADA. 

Un taller para caminar, mirar, hacer y compartir puntos de vista sobre nuestros paisajes cotidianos. 

En este taller, y a lo largo de cuatro tardes consecutivas, junto a Grigri Projects hemos fabricado de manera colectiva unos visores que nos permiten agujerear y abrir puntos de observación sobre nuestra realidad circundante para, a partir de esta delimitación de nuestra mirada sobre el paisaje enmarcado, reflexionar y poner en común las visiones del mundo que nacen de nuestra experiencia cotidiana, nuestras memorias y aspiraciones.

Cuatro días maravillosos en los que hemos creado nuevas visiones, construyendo paisajes y alterando el mapa de Trubia por sobreposición de imágenes, interrogantes sobre temas sensibles que nos afectan: formas de co-habitar el territorio, necesidad de conservar y valorar el patrimonio, ecología acústica, fortalezas y fragilidades, necesidades de transporte público, organización del suelo, contaminación, memorias, tradiciones de la cultura campesina, pervivencias, olvidos, colmando huecos y reapropiándonos creativamente de nuestros paisajes cotidianos en este entorno rural periurbano de gran fragilidad que también es un espacio de posibilidad para construir futuros…habitando eutopia!

visionarios 😉 Gerardo y Ratón, Guayarmina, Carmela, Maite Centol, Natalia Hevia, Alejandro, Fernando, Virginia, David y Susana.

Dinámica de las jornadas:

primera tarde

jueves 5 de agosto

La primera jornada transcurrió con una breve presentación de las personas inscritas al taller, a partir de una imagen personal con la que relatar sus propios paisajes interiores, afectos, huellas, resonancias, una manera estupenda para conocernos mejor y poner en común ya algunos sentires y visiones. David introdujo algunas ideas claves que arropan el taller, interrogantes en torno a la percepción del paisaje, así como recursos y herramientas posibles para utilizar en la intervención sucesiva (técnicas, autores, etc). Los visores, con diseño de Grigri Projects han sido cortados en la FABLab de LABoral, despieces componibles que hemos montado juntos al final de la tarde..

segunda jornada

viernes 6 de agosto

El viernes 6 realizamos nuestro paseo de inmersión en el paisaje, observar, caminar, anotar, manipular, indicios y reflexiones… cada persona ha ido indicando geolocalizaciones de cada punto de visión para ir trazando un recorrido y después sobreponer nuestro propio mapa al de google maps, cartografías subjetivas! cuando el mapa no es territorio, cuando nosotrxs creamos nuestros propios puntos de conexiones, apropiación del espacio común.

Al regresar al Chabolu hemos compartido impresiones y motivaciones de cada fragmento de paisaje seleccionado, y se han impreso los “cuadros” de paisaje para tener la referencia de cara al trabajo de intervención en el taller del día siguiente.

tercera jornada

sábado 7 de agosto

momento de trabajo en el taller (intervención en los visores) a partir de las intuiciones y reflexiones espigadas el día anterior: crear paisajes, habitar territorios…corta, pega, dibuja, tacha, inunda, rellena, interroga, calcula, mide…en la Fonfría un grupín a coger ramas de ablanu (avellano) para los pies de los visores.

cuarta jornada:

domingo 8 de agosto

puesta en común caminada. Los visores intervenidos se instalan según vamos caminando dibujando un recorrido en el entorno: visiones e imaginarios creados y comentados por cada visionario!

enlace al mapa de Ruralidad Aumentada en Trubia (google maps

*Próximamente estarán subidas las visiones y audios al mapa creado en google maps) !

Lugar de los talleres y punto de encuentro: El Chabolu (Centro recreativo el Turrexón, aldea de Trubia)

Y las mañanas han sido muy provechosas:

[Mañanas]: EDITATONA PARA LA ELABORACIÓN DE UNA GUÍA PEDAGÓGICA.

Las sesiones de la mañana estuvieron dedicadas al trabajo interno de coordinación y elaboración de una guía pedagógica por parte de parte del equipo del proyecto a partir de las experiencias y aprendizajes compartidos durante el proyecto Hacia una ciudadanía agropolitana. El objetivo es extraer herramientas útiles para su aplicación transdisciplinar en el ámbito escolar, de modo que la comunidad educativa pueda adaptarlas al propio currículum o necesidades.  Os seguiremos contando!

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breve selección de las referencias que hemos intercambiado por mail, mientras se preparaba este taller de visores que os pueden resultar interesantes:

Qué es el paisaje? Iñaki Abalos

¿Qué era el paisaje para los modernos y qué nos dejaron por herencia? La modernidad construyó e instituyó la noción de paisaje-objeto, un tipo de paisaje que se mira, se usa y se explota pero jamás se establece con él una relación de igualdad.

Se mira: el paisaje es contemplado en ese “peep-show” paisajístico dibujado tantas veces por Le Corbusier.

Un señor – el hombre tipo – sentado y la ventana encuadrando las sensuales curvas de orografía de Río de Janeiro.

Una posición aséptica, estática y contemplativa, que materializa un dominio sin posesión.

Se usa: en efecto, el sujeto mirón también desciende de ese platillo volante-peep-show en el que vive y usa el paisaje, necesita poseerlo de vez en cuando. Pero no está interesado, ni siquiera sabe que podría estarlo, en una comunión o en un intercambio, en establecer una conversación. En el siglo XVIII decía Alexander Pope “escucha a los genios del lugar”. Pero esta invención pintoresca – que los lugares tienen voz y nos hablan diciéndonos lo que esperan ser, qué necesitan y qué no – tristemente se desarrolló como puro visibilismo, como maquillaje.

Se explota: como no habla ni piensa ni tiene vida, el sujeto moderno después de mirar y usar, explota, asciende a chulo del paisaje, lo rompe todo y extrae pequeños beneficios instantáneos. La tierra jamás había sido violada tan sistemáticamente como en el siglo de la modernidad con fines tan exclusivamente mercantiles. Ya no es el lugar el que carece de genius loci sino el planeta o el cosmos.

Algunos modernos creyeron que la noción de paisaje era demasiado decadente y aristocrática, “pintoresca” decían con indisimulado desprecio, y se llenaron la boca con una acepción que consideraban superior por cientifista: el “territorio”. Pero se engañaron doblemente pues en realidad escondían otra proyección sobre el medio físico de raíz ilustrada cuya distancia e incomunicación era aún más evidente –el territorio es siempre el medio físico visto desde arriba, en planta, a vista de pájaro, lo suficientemente lejos como para poder abstraerlo, haciéndolo silencioso, callado para poder utilizarlo para intereses ajenos, otra objetualización, cosificación, llamada urbanismo. Y su presunción de cientifismo era ridículamente antigua: si algo ha evolucionado en la mirada científica, desde la invención del laboratorio y de las técnicas de observación empírica es la abolición del plano general. Vistos desde arriba en planta, sin escala, no solo los no humanos se objetualizan, los humanos asimilados a hormigas quedamos reducidos a movimientos compulsivos sin experiencia ni subjetividad: listos para una macroexplotación.

¿Qué hemos aprendido?. Al menos dos cosas. Una, evidente, que es necesario desarrollar otra relación entre los humanos y el mundo físico, una relación en la que éste pasa de objeto a sujeto, no porque le dejemos sino porque hemos aprendido a escuchar y hablar. Decir esto significa que el paisaje nos construye y nos escucha, que es necesario atravesar una profunda mutación para poder después reestablecer algo así como una comunicación democrática y afectiva entre los humanos y las cosas, los humanos y los no humanos, una idea con consecuencias que rebasan ampliamente el mundo disciplinar o paisajístico para poner en primer lugar el plano político.

Esto no es casual: se trata de restablecer el marco del espacio público de la sociedad contemporánea, el espacio por excelencia de la “polis”. El paisaje no es ya más ese bonito fondo sobre el que destacaban bellos objetos escultóricos llamados arquitectura, sino el lugar en el que puede instalarse una nueva relación entre los no humanos y los humanos: un foro cósmico desde el que redescribir toda la herencia recibida; la democracia extendida a las cosas, pactada. El paisajista es hoy aquél que atraviesa el cristal, se proyecta en el medio, escucha y le habla dejándose así construir a su través otra dimensión de lo público más abarcante y, por qué no, delirante, pues no hay modelos o, peor, toda evocación de modelos nos devolverá instantáneamente a la posición de salida, el paisaje-objeto.

Segunda consecuencia: ya no hay naturaleza, al menos como se entendía antes de los modernos, la parte salvaje y virginal del “ahí afuera”. Ahí afuera hay un conglomerado, la herencia moderna, un mundo en el que naturaleza y artificio aparecen mezclados y envueltos por un mundo vectorial y telemático: el jardín moderno. El mundo es un jardín construido por la modernidad, un jardín estupefaciente, desolador y sublime, cuya variedad e intrincamiento típicamente pintorescos están hechos de contrastes nunca antes imaginados, un paisaje en el que las chimeneas de Auschwitz se mezclan con la estela catastrófica del Apolo XIII y el hongo de Nagasaki con el de las torres gemelas, pero también donde los parques nacionales y las reservas de la biosfera, convertidos en un bien escaso, han pasado a ser los santuarios donde se desarrollan las nuevas liturgias civiles. Hemos heredado otra naturaleza, la suma de la explotación moderna y los restos no devastados, una segunda naturaleza que tiene su propia belleza y sus propias leyes, un mundo entrópico y de extrema fragilidad, donde incluso la conciencia del efecto mariposa (1) parece abrirse paso.

Por un lado estudiar con atención los dos orígenes, antes y después de la modernidad: momento en que se sintió la necesidad de definir una belleza y una concepción estética que identificaba lo natural y lo artificial, que permitía juzgar por igual una construcción y una montaña, un río y una autopista: la elástica noción de lo pintoresco, perviviente a través de la modernidad, tan vilipendiada y hoy rescatada por muchos como el primer paso de una relación más satisfactoria entre naturaleza y artificio, un punto de arranque que se anunció ya en la invención del genio del lugar. Por otro lado, estudiar las potencias estéticas y heurísticas de esa segunda naturaleza o conglomerado dejado en herencia por los modernos: Robert Smithson y sus paisajes entrópicos, las heterotopías de Foucault, el parlamento de humanos y no humanos que construye Latour… La tercera pata es el puro presente, nuestra ciencia, nuestra tecnología, nuestro pensamiento, nuestro arte; las formas en las que restituimos colectivamente no solo la noción de naturaleza sino también nuestra relación con ella. Las tres patas son buenos pastos, tan buenos como la actual aventura marciana en la que aún es incierto quién mira a quién, el Spirit o la piedra Adirondack, un mundo sin sujetos y objetos, hecho de fuerzas de las que solo ahora comenzamos a vislumbrar su magnitud y su alcance sobre nosotros mismos.

Vidas a la intemperie, Marc Badal

(extractos sueltos)

La mirada del campesino era capaz de registrar un cúmulo de significaciones imperceptibles para los demás. Incluso para los campesinos de otro pueblo. Pero era incapaz de ver aquello que llama más nuestra atención cuando vamos al campo. Lo primero que salta a la vista cuando alguien de fuera contempla un lugar. Especialmente si es de ciudad.

Los campesinos no veían el paisaje.

Su relación con el entorno era demasiado cercana. Con su trabajo perfilaba el rostro de la tierra y a su vez se sabía moldeado por ella. Un elemento más del conjunto. Y para ver un paisaje se requiere cierto distanciamiento. La lejanía de la cultura y del arte. La distancia que impone el desconocimiento y la novedad.

Como el pintor o el poeta, en el campo nosotros solo vemos paisajes. Que no son otra cosa que el resultado de nuestra mirada ajena.

Percibir es un modo de proyectarse. Mirar es presentarse al mundo. Mostrar nuestro acondicionamiento y nuestras intenciones.
Por eso la mirada del campesino no tiene nada que ver con la del turista.
Mientras uno consume paisaje, el otro usa el territorio.
Ambos alteran el entorno pero solamente el campesino cambia con las transformaciones del lugar.
El turista, por mucho que cambie el paisaje, seguirá siendo exactamente el mismo.

Dos miradas que ilustran el cambio producido en las últimas décadas.

El mundo campesino ha desaparecido. Ha dejado paso al mundo del que proceden los turistas.

Hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo.

La percepción de un paisaje requiere distanciamiento y cultura. También un criterio estético.
Los campesinos no ven paisajes por ninguna parte, por lo tanto, carecen de todo sentido estético.

Una vez más las deducciones lógicas traicionan la realidad.

La mirada del campesino era utilitarista. Bien cierto.
Tanto como la del turista.
Si al turista, a pesar de haber dado tantas pruebas de mal gusto, no le negamos la capacidad para discernir según criterios estéticos ¿por qué se la negamos al campesino?
¿Han sido el único pueblo de la historia al que se le ha atrofiado esta facultad humana?
¿Y les ha ocurrido a todos los campesinos que han existido durante milenios?

Simplemente se expresaban a través de otros códigos.
Y, obviamente, no podían desvincular su inclinación por lo bello de su necesidad por lo útil.

Claes Oldemburg
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